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La Geopolítica de China en Latinoamérica en la era de Donald Trump

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La Geopolítica de China en Latinoamérica en la era de Donald Trump

En el advenimiento del giro proteccionista de la administración Trump, muchos analistas ponen sus ojos en China como la nueva campeona de la Globalización. Un escenario en el cual China podría sobrepasar a los Estados Unidos en términos comerciales podría ser el de América Latina. Aunque aún es pronto para calibrar la extensión de las promesas de Trump en política exterior, no es menos cierto que la campaña de Trump en la misma se basó en dos puntos destacados: contener la emergencia de China y su promesa de limitar el libre comercio con Asia y América Latina.

Las reacciones a estos principios no se hacen esperar. En el encuentro del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) que se celebra en el Perú unos días después de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, la mayoría de líderes latinoamericanos muestran su voluntad de acercarse a China y plantar cara a la presidencia de Trump. Ahora bien, China no es ningún recién llegado a la región y su creciente influencia en América Latina no es un asunto de oportunismo político, sino como consecuencia de un plan estratégico a largo plazo.

En el transcurso de la última década, China se dedica a construir fuertes relaciones con los principales estados latinoamericanos. Este hecho se puede constatar con la participación china en importantes proyectos en la región. A corto plazo, el interés inmediato de China en América Latina viene dado por sus necesidades económicas de asegurarse la provisión de materias primas y la apertura de nuevos mercados para sus productos industriales. Así y en términos generales, las relaciones entre China y América Latina y el Caribe se basan en el interés económico y en el reconocimiento de la República Popular de China en el marco de la política de “Una Sola China”. En Latinoamérica, China también juega sus cartas ya conocidas de no pedir contrapartidas en los asuntos de las políticas domésticas; una atrayente retórica anti hegemónica; la provisión de tecnología; y la financiación de infraestructuras en estados en vías de desarrollo.

De esta manera, se pueden observar muchas similitudes entre la estrategia china utilizada en América Latina y la llevada a cabo en Asia Central o en África. A pesar que China establece buenas relaciones con gobiernos de todo signo político, se puede percibir una preponderancia de acuerdos con estados dirigidos por fuerzas nacionalistas de izquierda aparecidas en el marco de las llamadas “Revoluciones Bolivarianas”, seguramente debido a su oposición frontal a los Estados Unidos. Aunque no se debería establecer ningún tipo de relación causal, debe mencionarse que la ola provocada por esta “Revolución Bolivariana” es como mínimo un elemento contextual que facilita los intereses de China en América.

Un caso paradigmático es el de Venezuela. El gobierno de Caracas se convierte en uno de los socios comerciales más importantes de China en la región. Venezuela es un proveedor de petróleo y minerales – coltán y oro – , al igual que un mercado interesante para los productos chinos. Es preciso remarcar también que China no solo es un suministrador de tecnología para Venezuela, sino también un socio financiero de primer orden que cubre los costes de diversos proyectos en infraestructuras. Sin embargo, Venezuela paga sus deudas con petróleo, la mayoría de veces con condiciones poco ventajosas para el gobierno de Caracas, y algunos proyectos en infraestructuras no se acaban de materializar.

No obstante, China es un socio relevante para el gobierno bolivariano, ya que abre la posibilidad de desarrollar una política exterior independiente de los Estados Unidos. Además, a través de esta relación China consigue limitar la influencia de Washington sobre uno de sus proveedores de petróleo más próximos. Otros ejemplos de la presencia china en América Latina se encuentran en Cuba, donde China es el segundo socio comercial más importante y existe un intercambio de inteligencia militar entre ambas partes; en Brasil y el Perú, con los cuales China está involucrada en la construcción de un ferrocarril trans amazónico; en Nicaragua con el incierto proyecto del Gran Canal de Nicaragua; o en Argentina con la posibilidad que construya una (presunta) base científica en la Patagonia Argentina; entre otros.

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En relación a la orientación interna de la geopolítica china, merece ser destacado que el desembarco de China en América Latina representa un ligero cambio en su tradicional oposición a la expansión ultramarina. En esta dirección, el refuerzo de la armada china en el volátil escenario del mar de la China Meridional es de sobra conocido. Asimismo, con el objetivo de asegurar sus intereses en América Latina, China necesita fortalecer también su flota comercial. Para ello, China se involucra en el desarrollo de proyectos que deberían aumentar las conexiones marítimas entre el Océano Pacífico y el Caribe como el Gran Canal de Nicaragua, la financiación china de la ampliación del Canal de Panamá y el nuevo proyecto de conexión terrestre a través de Costa Rica. No obstante, el impacto de estos proyectos va más allá de los imperativos en términos de seguridad a corto plazo. Si se observa el importante volumen de recursos que China está invirtiendo para conseguir unas capacidades marítimas competentes, se puede apreciar que la voluntad china de mantenerse involucrada en América Latina es a largo plazo.

A ello se debe añadir que estos proyectos poseen importantes sinergías con la Ruta de la Seda Marítima (RSM), la dimensión por mar de la iniciativa “One Belt One Road”, el principal proyecto geopolítico de China a largo plazo que pretende construir la red de conexiones en infraestructuras por vía terrestre más grande del mundo para permitir el comercio a través de Asia Central hacia Europa. Si se tiene en consideración la dimensión marítima de la Ruta de la Seda y las inversiones en infraestructuras de transporte marítimo de China en América Latina, se puede visualizar de qué manera el gobierno de Beijing está construyendo su nuevo rol de “campeón” de la Globalización. De hecho, la expansión de la RSM a través del Caribe daría pie a una reinterpretación en términos geopolíticos del significado del concepto de “Reino Central”, ya que China emergería como el punto nodal del comercio global.

Sin embargo, existen numerosos obstáculos para alcanzar el citado objetivo: el primero, la distancia que supone el Océano Pacífico; en segundo lugar, el hecho que la economía china sería más dependiente del comercio marítimo. Eso podría provocar una posición de debilidad para China en el caso de un hipotético escenario de bloqueo por mar por parte de los Estados Unidos que es, de hecho, uno de los problemas que la dimensión terrestre de la Nueva Ruta de la Seda quiere prevenir; y, finalmente, la incapacidad de la Armada del Ejército Popular de Liberación para defender directamente los intereses de China en América Latina. A pesar de los diversos obstáculos, si la Ruta de la Seda Marítima y la Nueva Ruta de la Seda fueran completadas, se podría observar un aumento de las sinergías entre la RSM y los proyectos chinos en la región, especialmente en el mar del Caribe.

Ello comportaría unas consecuencias geopolíticas de primer orden. Así, si China se convierte en un socio alternativo para los estados latinoamericanos, cambiaría la constelación de poderes tradicional en la región presentando la idea de una América Latina independiente de la influencia estadounidense como una opción real. A pesar de ello y que los estados de la región se benefician de la proyección china, a medio plazo China difícilmente tendrá capacidad de intervención directa, mientras que los Estados Unidos actualmente mantiene dicha capacidad de actuación en la zona, poder que el gobierno de Washington no duda en utilizar contra los mandatarios que considera contrarios a sus intereses. Aunque la ola de gobiernos latinoamericanos nacionalistas de izquierda parece que se encuentre en declive, los estados de América Latina no necesitan ser bolivarianos para apreciar la ventana de oportunidades que se abre con la presencia de China en la región.

No obstante, se constatan incompatibilidades entre la economía china y las economías latinoamericanas que podrían aparecer a largo plazo. De hecho, el comercio con China es un factor que contribuye a la dependencia de la exportación de materias primas dentro de las economías de América Latina. En este punto cabe señalar que uno de los objetivos tradicionales de las economías latinoamericanas es la consolidación de unas industrias y mercados nacionales y regionales solventes. Así, si se desarrollan nuevos lazos de dependencia con China, éstos pueden ser tan peligrosos como los existentes con los Estados Unidos. Pero en contraposición con la economía estadounidense que puede ofrecer espacio para manufacturas de baja calidad, los mercados chinos están exclusivamente interesados en los recursos naturales de América Latina.

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Probablemente, este sea uno de los varios inconvenientes que confronta un futuro liderazgo chino del libre mercado y la Globalización, tanto en Asia como en América. Por ejemplo, la retirada de los Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica – más conocido por sus siglas en inglés TTP – difícilmente puede beneficiar directamente a China, ya que la mayoría de signatarios asiáticos del tratado son competidores directos de China por el mercado norteamericano. En este sentido, las relaciones entre China y América Latina ofrecen pocas posibilidades para desarrollar industrias nacionales, condición determinante para conseguir una mayor soberanía.

En este punto cabe preguntarse ¿porqué China debería tomar el riesgo de expandir su esfera de influencia económica en una región que es la principal área de influencia del gobierno de Washington (su patio de detrás)? La presencia china dentro de las economías latinoamericanas incrementa necesariamente las dinámicas competitivas con los Estados Unidos. Pero actualmente China no dispone en absoluto de la capacidad de igualar la fuerza naval estadounidense en su zona marítima. Precisamente, este último elemento podría ser la respuesta a la pregunta planteada. En la dinámica de competición entre los Estados Unidos, superpotencia, y China, potencia emergente, nos encontramos ante un escenario de confrontación entre la primera potencia militar del mundo y la primera economía mundial. A ello se debe añadir que la superioridad militar de Washington es más decisiva que la ventaja económica de Beijing sobre los Estados Unidos. Así, para China es indispensable mantener la conflictividad en el terreno geoeconómico.

En esta dirección, en el mar de la China Meridional el escenario de conflicto se encuentra esencialmente en la dimensión militar. Pero en América Latina, China incrementa su influencia a través de medidas geoeconómicas. Además, la estrategia de seguridad de Washington en América es el factor que en primera instancia facilita su expansión hacia otros continentes. Por lo tanto, China y su estrategia latinoamericana podrían estar abriendo un nuevo frente que no solo representa una contrapartida a la presencia estadounidense en el mar de la China Meridional, sino que también traslada el conflicto a la dimensión económica en la cual China puede hacer frente a los Estados Unidos. Sin embargo, la administración Trump parece no estar dispuesta a jugar este partido con las reglas que querría establecer China. Así y como se observa en los últimos meses, los Estados Unidos está dispuesto a mantener la tensión militar en el mar de la China, donde aún dispone de una posición de superioridad.

No obstante, en primera instancia la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos podría facilitar los planes de China hacia América Latina. Así, la administración Trump como mucho puede incrementar algunas actividades previamente existentes y acelerar algún otro plan. Sin embargo, para un país como China que necesita actuar con precisión y planificar a largo plazo éste no constituye necesariamente el escenario deseado. Para los intereses chinos sería preferible mantener la tensión con los Estados Unidos en América Central y del Sur. En este sentido, una posición más fuerte de China en América podría desencadenar una política más agresiva de los Estados Unidos en el este de Asia. El resultado de esta competición, probablemente, la decidirá quien disponga de la capacidad de delimitar el escenario de enfrentamiento. Al fin y al cabo, la estrategia no es más que una cuestión de posición, y la posición viene determinada por el terreno.

Miquel Vila MorenoAnalista Asociado para China y la Geopolítica de Asia Oriental

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El análisis original en inglés se publica previamente en Mapping China

https://mappingchina.org/2017/04/18/the-geopolitics-of-china-in-latin-america-in-donald-trumps-era/


Foto 1: Michelle Bachelet (I), Presidenta de Chile, Xi Jinping (C), Presidente de China, y Alicia Bárcena (D), secretaria ejecutiva de la CEPAL, en Santiago de Chile el 22/11/2016 (Foto de Carlos Vera / CEPAL).

Foto 2: Xi Jinping (I) con el Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro (D) en el Palacio de Miraflores, Caracas (Venezuela) el 20/07/2014 (Foto: Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información).

Foto 3: Reunión entre el Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y su equipo (I) y el President Xi Jinping y su staff (D) en Palm Beach, Florida (EE.UU.) el 07/04/2017 (Foto: Doug Mills / The New York Times).