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El atolladero Kosovo – Serbia: la crisis geopolítica ignorada

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El atolladero Kosovo – Serbia: la crisis geopolítica ignorada

El atolladero Kosovo – Serbia: la crisis geopolítica ignorada

capesic Europa 14/06/2018 Comentarios

A primera vista, Kosovo actualmente no representa una falla geopolítica relevante. De hecho, las guerras en Afganistán, Iraq, Libia y Ucrania, la autodenominada Primavera Árabe, la amenaza que constituye el Estado Islámico, el trastocado Acuerdo Nuclear con Irán y la inestabilidad en la península de Corea o en el Mar de la China Oriental y Meridional han desplazado el foco lejos de este joven y turbulento Estado del sudeste europeo. A diferencia de lo ocurrido a finales de los noventa, donde estaba omnipresente en los medios de comunicación occidentales, Kosovo brilla por su ausencia a día de hoy en las televisiones occidentales – y en los teléfonos móviles –, en las discusiones de twitter y en las agendas de la mayoría de actores políticos.

Si el viejo proverbio inglés “no news is good news’ tiene sentido, podríamos llegar a la conclusión que la situación en Kosovo en el año 2018 no es problemática o, como mínimo, está más o menos resuelta. Sin embargo, a la luz de los datos que el autor de este análisis ha ido obteniendo después de algunos años de investigación en Kosovo, no es muy inverosímil que pueda afirmar que dicha conclusión es completamente errónea. En los siguientes párrafos, el analista argumentará que a pesar de la ausencia de violencia, el conflicto de Kosovo sigue vigente y sin resolver. Esta realidad es potencialmente nociva no solo para Kosovo, sino que también para la región, para la Unión Europea (EU) e incluso para la ya tensa relación geopolítica entre Moscú y Washington.

Con el fin de establecer el escenario, es necesario empezar con un breve resumen histórico. Así, no es muy conocido que el primer movimiento secesionista significativo dentro de Yugoslavia no tuvo su origen en Croacia o Eslovenia, sino que fue en Kosovo en mayo del año 1968. Por lo tanto, Kosovo puede ser vista como el primer y último acto de la tragedia yugoslava. En particular, porque la fisura étnico-territorial en esta antigua provincia serbia jugó un papel crucial en el colapso de Yugoslavia. A finales de los noventa, estalló el conflicto armado entre el gobierno yugoslavo, liderado por Slobodan Milošović y la guerrilla armada étnicamente albanesa del Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK). Mientras que en primera instancia, Washington había designado al UÇK como organización terrorista, la administración estadounidense no tardó mucho tiempo en cambiar de opinión y empezar a apoyar, entrenar, armar y, finalmente, empoderar al grupo. Desde un buen principio, este conflicto atrajo la atención de la comunidad internacional, o más bien de les estados de Occidente que se veían a sí mismos como representantes de esta.

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Después de una negociación fallida – la de Rambouillet – definida por Henry Kissinger como “una excusa para empezar la campaña de bombardeos”, la OTAN inició en el mes de marzo de 1999 la “Operación Fuerza Aliada” con el propósito oficial de “proteger a la población civil” en Kosovo. Esta misión puede ser considerada como el bautismo de fuego de la OTAN, ya que fue la primera vez en sus 50 años de historia que la organización transatlántica libraba una guerra. Esta operación resultó ser muy útil por un amplio número de razones, aunque algunas de ellas no necesariamente estén conectadas con Kosovo. Por ejemplo, proporcionó una finalidad a la OTAN en una etapa en la cual se estaba cuestionando la propia existencia de la organización. Además, el bombardeo pudo servir como cortina de humo para desviar la atención sobre controversias internas de los países que intervinieron. Cabe recordar que el bombardeo de Yugoslavia, a principios de 1999, coincidió con algunos problemas domésticos del entonces Presidente Clinton en relación a un conocido escándalo de naturaleza sexual.

En todo caso, la campaña de bombardeos de la OTAN que duró 78 días provocó una amplia variedad de mulifacéticos impactos territoriales y políticos, tanto intencionados como no. Quizás, el más fundamental fue que desde junio del año 1999, esto es, desde el final de la “Operación Fuerza Aliada”, el gobierno serbio/yugoslavo ya no ha ejercido el control sobre su antigua provincia, perdiendo su soberanía de facto en ese territorio. El proceso para consolidar Kosovo como un Estado, apoyado por Washington y muchos de sus aliados europeos, ha estado caracterizado por la controversia y, también, por los muchos obstáculos encontrados en el camino. Cuando Kosovo declaró unilateralmente su independencia el 17 de febrero del año 2008 estás dificultades no desaparecieron. Más bien al contrario, la declaración las hizo más visibles.

Un ejemplo ilustrativo de esto es la incapacidad de Kosovo para ingresar en Naciones Unidas. Como resultado de ello y a pesar del notable número de reconocimientos (alrededor de los 110), Kosovo es incapaz de quitarse de encima su estatus de paraestado. Esto implica ser una entidad que goza de soberanía de facto, pero no tiene la capacidad de jure de legalizarse completamente a través de su membresía en Naciones Unidas. Hasta ahora, Kosovo representa uno de los casos más avanzados dentro de la liga paria de los aspirantes a Estado en la cual encontramos entidades como Transnistria, Osetia del Sur, Abjasia y Somaliland.

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El Acuerdo de Bruselas impulsado por la UE, firmado en el año 2013, puede ser interpretado como un intento de resolver o al menos eludir este nudo gordiano. La lógica, desde la perspectiva de Bruselas parece ser bastante clara. Dado el hecho que tanto Serbia como Kosovo poseen aspiraciones de unirse al club, la UE se encuentra en una posición que le permite usar la vieja fórmula de la condicionalidad en forma de incentivo de acceso para ejercer su influencia sobre ambos actores. Uno de los problemas en el uso de esta política es que la UE no se muestra muy favorable con la idea de “importar” más problemas y quizás, como consecuencia de esto, Bruselas ha empezado con el criterio más arduo: la “normalización de relaciones”. El término “normalizar” es, por supuesto, deliberadamente difuso. Un diplomático europeo con quien el autor habló recientemente admite que el término es deliberadamente polisémico y que su significado evoluciona con fluidez dependiendo de la interacción de los actores. Sin embargo, para todos los gobernantes kosovares con los que el autor ha hablado, el significado del término es muy claro; es ni más ni menos que el pleno reconocimiento mutuo. En otras palabras, el reconocimiento de Belgrado al Estado de Kosovo. En principio, este proceso debería estar terminado a mediados del año 2019. Es muy probable, sin embargo, que estas previsiones pequen de exceso de optimismo.

El Acuerdo de Bruselas pone a Belgrado entre la espada y la pared. Ahora, el dilema de Belgrado es que si los acuerdos fructifican, deberá tomar una decisión extremadamente controvertida: mantener su proceso de integración europea renunciando a Kosovo o seguir reclamando este territorio poniendo en peligro sus aspiraciones de unirse a la UE. En este contexto, se debe entender el anuncio realizado en junio del año 2018 por parte del Presidente serbio, Aleksandar Vučić, de organizar un referéndum para que los ciudadanos serbios puedan decidir qué debería ser prioritario y, lo más importante, qué debería ser sacrificado. Ésta no es una elección sencilla de realizar teniendo en cuenta que para muchos serbios Kosovo sigue siendo considerada como la cuna de su nación.

Serbia no es el único actor que afronta dilemas existenciales. Uno de los grandes problemas de la UE en relación a Kosovo es que no habla con una única voz coherente. Cinco estados de la UE (Chipre, Eslovaquia, España, Grecia y Rumanía) que representan casi el 20% de sus miembros, hasta ahora han rechazado reconocer a Kosovo. Las aparentes diferencias incompatibles sobre Kosovo, un territorio en el patio trasero de Europa, pone necesariamente en entredicho el término “común” que utiliza de forma categórica la UE para referirse a su política exterior. En el caso kosovar, en particular, parece existir un dominio de los intereses nacionales de los estados miembros por encima de los objetivos colectivos de la UE. De hecho, todos los estados que no reconocen a Kosovo tienen asuntos internos referentes a conflictos secesionistas o con minorías y, por lo tanto, están aterrados con la idea de un “contagio” kosovar.

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De los cincos miembros de la UE que no reconocen a Kosovo, España es el Estado con mayor peso y, al mismo tiempo, es el que mantiene una posición más inflexible. En los círculos diplomáticos de la UE, existe la idea de que si España “relajara” su postura intransigente, los otros cuatro estados miembros podrían seguir sus pasos. Los políticos y diplomáticos en Pristina son, sin excepción, perfectamente conocedores de los “conflictos internos” en España y el temor de su gobierno a que los mismos se activen debido a un potencial contagio desde Kosovo. Las recientes declaraciones de Ramush Haradinaj, Primer Ministro kosovar, en un medio de comunicación español enfatizando que Kosovo nunca reconocería la independencia de Cataluña, demuestran que Kosovo sabe perfectamente que el principal impedimento para obtener el reconocimiento de Madrid no es otro que Cataluña. Así, España parece atrapada por sus propias preocupaciones territoriales internas. En otras palabras, la obsesión de España con Kosovo viene dada por el precio político a pagar, en el sentido que Madrid teme que Kosovo pueda convertirse en un precedente para Cataluña confirmando así el argumento que Kosovo constituye un antecedente. Paradójicamente, el hecho de que Kosovo sea tratado com un precedente, convierte a Kosovo en un precedente en sí mismo.

El punto crucial de la cuestión es: o se encuentra una solución al problema de Kosovo o emergerán a la superficie un conjunto de escenarios sombríos. Estas alternativas implican invariablemente abrir de nuevo la caja de Pandora, es decir, enfrentarse a más alteraciones fronterizas (por ejemplo, la unificación de Albania y Kosovo) en esta región que a la UE le gusta denominar “los Balcanes Occidentales”. El problema para Kosovo es que la legalización de su Estado depende de muchos factores: necesita que Serbia la reconozca completamente, que cambien de posición los cinco estados miembros de la UE que no la reconocen y, más significativamente, que China y Rusia no ejerzan su derecho a veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para su acceso como miembro a dicha organización. Con estos elementos en mente, parece que a la consolidación legal de Kosovo como Estado le queda un largo camino por recorrer. Así, prácticamente dos décadas después del bombardeo de la OTAN, el atolladero de Kosovo parece estar lejos de solucionarse.

Jaume Castan Pinos

Jaume Castan Pinos es Profesor Titular de Política Internacional en la University of Southern Denmark. También es miembro del Centre for War Studies y del Department of Border Region Studies de la misma universidad. Completó su doctorado en Política Internacional en la Queen’s University Belfast (2011). Anteriormente, Jaume obtuvo un Posgrado en Pedagogía (2007) y una Licenciatura en Ciencias Políticas (2007) en la Universitat Autònoma de Barcelona. Su actual campo de investigación está centrado en la territorialidad en los Balcanes. Es autor del libro “Kosovo and the Collateral Effects of Humanitarian Intervention” (Routledge, próximamente). Contacto: jaume@sam.sdu.dk

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Foto 1: Gente participando en los festejos del décimo aniversario de la independencia de Kosovo en Pristina, Kosovo, 17/02/2018 (Fuente: Reuters).

Foto 2: Edificio de la Radio Televisión Serbia (RTS) bombardeado por la OTAN el 23 de abril del año 1999 (Fuente: Gisela Gorbalán, 2017).

Foto 3: Reunión entre Hashim Thaci, Presidente de Kosovo (I), Federica Mogherini (C), Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, y Aleksandar Vucic, Presidente de Serbia (D), en Bruselas, 24/03/2018 (Fuente: Top Channel).

Foto 4: Mural en (Kosovska) Mitrovica. En el mismo se puede leer (Kosovska) Mitrovica: Kosovo es serbia, Crimea es rusa, 10/03/2017 (Fuente: Allan Leonard / CC y JPI).