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El precio de la unidad de España

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El precio de la unidad de España

El precio de la unidad de España

Jofre Rocabert Cataluña, Europa 13/09/2018 Comentarios

El pasado mes de octubre, se vivió el mayor cuestionamiento de la integridad territorial de España desde el final del imperio español. La amenaza política y económica empequeñeció cualquier crisis previa, incluida la última fase de descolonización de los territorios africanos. Casi un año después que el gobierno catalán organizara un referéndum de autodeterminación, la posición internacional de España parece no estar dañada. Así, ¿cuál fue el precio de la unidad?

El movimiento independentista catalán resalta que la represión contra la votación del día 1 de octubre del año 2017 y, poco después, la destitución del gobierno electo catalán conllevó un coste para España. En este sentido, todo ejercicio de poder que es percibido como ilegítimo pasa factura a los gobernantes, económicamente o de otro modo. Financieramente, el coste de prevenir la independencia de Cataluña es de solo unos pocos cientos de millones de euros. Además de los 87 millones de euros admitidos el año pasado, se incluyen los continuos esfuerzos diplomáticos y políticos de España desde el año 2012, como mínimo, cuando el gobierno catalán incrementó sus esfuerzos para llegar a la opinión pública internacional.

Sin embargo, los costes económicos, inmediatos y a corto plazo, constituyen solo una parte menor del daño. Los analistas a menudo tienen en cuenta las ganancias y pérdidas en otras áreas; específicamente, la posición de un Estado en las Organizaciones Internacionales (OIs), sus compromisos internacionales, su situación geopolítica y su atractivo tanto para inversores como para las opiniones públicas. A pesar de los numerosos ejemplos de ridículo internacional protagonizados por el gobierno español – el más destacado, su fracaso en las euroórdenes contra los políticos exiliados – la posición internacional de España en todas estas áreas prácticamente no ha variado. Esta posición viene definida, en gran medida, por su participación en las dos OIs europeas más relevantes: la Unión Europea (UE) y la OTAN.

En relación a la UE, resulta difícil cuantificar cuantas concesiones ha realizado España detrás del escenario para mantener sus asuntos internos fuera de la agenda europea. Las negociaciones realizadas en Bruselas en las fases preparatorias del procedimiento legislativo están normalmente fuera del alcance de los medios. Sin embargo, se sabe que ningún Estado miembro ha usado públicamente la crisis constitucional de España para debilitar su posición dentro del Consejo Europeo, hecho que sí ha ocurrido con crisis menos graves. Así, en el punto álgido de la inestabilidad en octubre de 2017, muchos esperaban una reacción desde el Consejo – el máximo organismo político de la UE. Algunos comentaristas escribieron que los representantes españoles justificaron su actuación en el transcurso del Consejo Europeo del día 17 de octubre. Pero en sus decisiones finales, en su nota de prensa oficial y durante el encuentro informal de jefes de estado ese mismo mes, el Consejo omitió completamente la cuestión.

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De hecho, la única reacción oficial desde las instituciones de la UE fue un comunicado de prensa de la Comisión Europea el día 2 de octubre en el que se alineaba con los intereses de España, decisión que supuso un golpe importante para aquellos catalanes que esperaban una mediación internacional. Por otro lado, en el actual Parlamento Europeo y hasta el momento, solo se han realizado 7 preguntas sobre el tema por parte de eurodiputados no españoles. Así, España, en general, ha sido capaz de mantener una posición común de manera exitosa en su escenario internacional más importante.

Hay dos razones fundamentales para este éxito. La primera, las grandes potencias de la Unión Europea saben que tolerar cualquier grado de represión en Cataluña es la solución menos costosa para ellos. Cualquiera de las otras alternativas – apoyar una mediación o incluso favorecer la secesión – implica afrontar problemas a gran escala.

Para empezar, una tormenta en el mercado en relación a los bonos españoles y la consiguiente amenaza de impagos. España es consciente que es demasiado grande para quebrar, “too big to fail” en la expresión inglesa, y juega con la seguridad de saber que la inestabilidad financiera como consecuencia de sus impagos podría perjudicar a todos los gobiernos europeos. En este caso, la unidad de España es el resultado menos costoso para todos excepto para los catalanes. Así, una España débil crea muchos más problemas para las grandes economías que la compensación que pudiera derivarse de las contribuciones de un nuevo Estado independiente.

Además de la estabilidad financiera inmediata, constituir a Cataluña como parte en una mediación internacional supone un cambio geopolítico a gran escala. Ésto es considerado habitualmente desde el punto de vista de las instituciones de la UE, pero las complejidades que ésta tendría que afrontar en expulsar o incorporar a Cataluña son conocidas y asequibles. En esencia, son las que la UE ha experimentado con cada proceso de ampliación y las que deberá llevar a cabo con el Brexit. Aunque el tema político va más allá de los intereses de los prestamistas de la UE. El control de Cataluña es parte fundamental del equilibrio geopolítico que España y Francia han mantenido desde la Paz de los Pirineos del año 1659, solo interrumpida por las guerras Napoleónicas. Esta redefinición de los límites del imperio español constituye a día de hoy una de las fronteras más antiguas del continente.

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La segunda y más importante razón para explicar el éxito de España es que los líderes políticos de peso en Bruselas creen que el uso de la fuerza para parar la secesión es legítima. Y ello no va en contra ni de los valores europeos ni constituye una amenaza para la Unión. Así, un elemento de esta posición ideológica viene originada en la confusión intelectual que afirma que la integración europea solo puede ser construida progresivamente con grandes unidades: esto es, menos y grandes estados incrementan la unidad europea, y un gran número de pequeñas unidades conduce a la desintegración geopolítica. En este sentido, la creencia en esta idea explica, en parte, como miembros favorables a la integración dentro del establishment de Bruselas como Guy Verhofstadt se han alineado con el discurso de España.

Otro argumento para la legitimación de la violencia sostiene que la secesión está dentro de la agenda de desestabilización apoyada por Rusia y, por consiguiente, debe ser contenida a cualquier precio. Éste es un mensaje que los medios de comunicación y los canales diplomáticos de España han propagado desde que el concepto de interferencia rusa entró en el discurso público de la UE en el año 2016. En contraposición con la crisis de confianza que algunos gobiernos de la Europa Central generaron entre 2017 y 2018, la crisis catalana no amenaza a la unidad política de la UE. Los líderes políticos catalanes se han distanciado ellos mismos de partidos como el húngaro “Fidesz” o el polaco “Ley y Justicia”. Sin embargo, un aspecto de gran relevancia es que permitir la represión del gobierno de Madrid, refuerza la posición negociadora de otros estados. El mejor ejemplo de ello ha tenido lugar en el otro pilar de la posición internacional española: la OTAN.

En esta dirección, el periodismo de investigación ha detallado como la participación española en la misión de Policía Aérea en el Báltico de la Alianza Atlántica está relacionada con el silencio de los gobiernos Bálticos sobre la crisis catalana. Ello ha hecho que España asuma un papel sin precedentes en el Este de Europa; el coste más significativo registrado hasta la fecha – aunque también se podría incluir la disponibilidad en la etapa final del gobierno Rajoy de alcanzar el objetivo del 2% en gasto de Defensa establecido por la OTAN. Estos son, sin embargo, costes insignificantes: ninguno de estos compromisos tuvo que hacer frente a una oposición interna con el añadido que reforzaron la posición de España en el espacio político en el cual quiere ser un actor relevante.

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Además de la política de las OIs, la posición internacional de un Estado también viene asociada a su reputación. En este sentido, el gobierno español no tiene una aproximación de soft power comprometida porque confunde continuamente el poder blando con el marketing (en este caso, la Marca España). Así, medir costes en términos de poder blando no sería certero. A pesar de ello, como todos los estados, España es consciente del valor de la atracción. En esta dimensión, evitar la secesión fue más costosa en relación a la alta política, pero tampoco tuvo un coste relativamente elevado. De esta manera, España ha sufrido una serie de derrotas en el campo de la diplomacia pública y el Derecho Internacional. Entre ellas, los esfuerzos realizados por algunas misiones diplomáticas para vetar o coaccionar las intervenciones públicas de políticos catalanes en el exterior, los casos abiertos en la UNHRC y el fracaso de las euroórdenes contra los políticos exiliados. Aunque estos casos han tenido repercusión en el ámbito público, sus particularidades han desaparecido rápidamente del foco mediático.

Cualquiera que sea el coste en la reputación de las élites europeas, éste parece tener solo un efecto a corto plazo. España no se ha visto afectada en los índices internacionales sobre democracia y tampoco pierde en inversión directa extranjera (incluido el sector turístico). Así, en el último índice sobre democracia publicado este año, el V-Dem 2018, España ha registrado un ligero descenso en libertad de expresión en relación a los dos últimos años, pero sigue conservando su posición dentro de la liga de las democracias. A pesar que en estos índices apenas se mide el respeto hacia las minorías que no esté codificado por ley, los departamentos de asuntos exteriores las siguen manteniendo como una variable a tener en cuenta. En relación a la inversión extranjera, ésta claramente ha ignorado la crisis. Aunque hubo un pequeño descenso en el mes de octubre de 2017, la recuperación ha sido rápida. Por supuesto, los turistas no han percibido grandes diferencias. Por ello, los datos sugieren que las preocupaciones del gobierno de Madrid respecto a la inversión extranjera fue solo una estrategia política.

En definitiva y tras un año del referéndum en Cataluña, España ha mantenido la unidad a un precio insignificante. Su posición dentro de las democracias occidentales contrasta con aquellos estados que han padecido costes internacionales altísimos en relación a sus asuntos internos, por ejemplo, en Europa Central. A través de la información disponible públicamente, nada sugiere que el precio de la integridad territorial hubiese sido mucho mayor si España hubiera hecho uso de un mayor nivel de violencia u otro tipo de acción coercitiva. Después de lo sucedido, las principales potencias europeas y el gobierno de Madrid pueden extraer lecciones muy valiosas. Las primeras, que pueden estar seguros que la falta de intervención es igual a la falta de consecuencias, y por ello, ante otro intento de Cataluña en el futuro, pueden ignorarlo sin riesgo. El segundo puede recordar un principio duradero en política internacional: la represión y la violencia siempre son un asunto interno mientras no vayan en contra de los intereses de otros.

Jofre RocabertAnalista Asociado en Política Europea y Organizaciones Internacionales

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Foto 1: Manifestación del movimiento independentista durante la Diada de Cataluña en Barcelona, 11/09/2018 (Fuente: Alejandro García/EPA).

Foto 2: Tweets del Presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, en el mes de octubre del año 2017 (Fuente: Cuenta twitter @eucopresident).

Foto 3: La ministra de Defensa española, Margarita Robles, atiende la ceremonia de firma de los PESCO Cyber Rapid Response Teams en Luxemburgo durante el Consejo conjunto de Ministros de Defensa y Exteriores de la UE, 25/06/2018 (Fuente: Consejo Europeo).

Foto 4: Desembarco del contingente español en Riga, Letonia, como parte de la misión de la OTAN “Enhanced Forward Presence” (eFP), 12/06/2017 (Fuente: Ministerio de Defensa de España).